Por José Manuel Guyot / Grupo Brok Argentina. Diseñador de comunicación visual. Asesor y consultor PyME. > www.grupobrok.com La irrup...
La irrupción de los sellos negros obligatorios en los envases de alimentos —los famosos octógonos de advertencia del Ministerio de Salud— se ha convertido en uno de los mayores terremotos visuales que ha sufrido el diseño de packaging argentino en décadas. Presentados como una solución sanitaria necesaria para informar al consumidor, en la práctica han generado un debate profundo entre diseñadores, empresas y especialistas en comunicación visual: ¿estamos ante una herramienta eficiente o ante un exceso regulatorio que sacrifica legibilidad, identidad y claridad visual sin garantizar necesariamente un mejor consumo informado?
1. El envase como pieza cultural, no solo comercial
Un envase no es un simple contenedor: es un artefacto cultural. Condensa códigos estéticos, valores de marca, identidad visual, lenguaje gráfico, decisiones semióticas y una promesa simbólica.
Al imponer sellos de gran tamaño que ocupan zonas centrales del envase, la normativa desplaza esa construcción gráfica y la reemplaza por un mensaje unidireccional y contundente: "esto posee riesgos nutricionales".
Muchos diseñadores afirman que no.
2. Un tamaño que condiciona —y a veces destruye— la composición
Los sellos son grandes. Muy grandes. En algunos casos llegan a cubrir más de un tercio de la cara frontal, forzando a rediseñar empaques completos que llevaban años funcionando comercialmente.
Desde la óptica del arte gráfico, el resultado es un escenario en el que muchos envases pierden coherencia, equilibrio y claridad.
3. Un diseño que no dialoga: impone
El resultado es un choque frontal entre dos lógicas:
> La lógica sanitaria, que busca la contundencia del mensaje.
> La lógica del diseño, que busca armonía, comunicación clara y jerarquías visuales efectivas.
Una advertencia puede ser poderosa sin necesidad de destruir la lectura general de un envase. Pero la ley no contempla matices visuales.
4. ¿El tamaño importa?
Aquí radica la crítica central.
En varios países del mundo, el etiquetado frontal convive con sistemas gráficos más flexibles:
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Escalas proporcionales
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Pictogramas ajustados por superficie
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Señalización cromática menos disruptiva
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Integración en la composición sin ocupar un bloque rígido
La pregunta incómoda es inevitable:
¿Se priorizó la eficacia sanitaria o se exageró el tamaño para compensar fallas en educación nutricional y vigilancia del mercado?
5. El costo oculto: rediseñar todo
Para las empresas —especialmente las pymes entrerrianas— la medida significó un proceso costoso, técnico y a veces caótico:
- Nuevos artes, nuevas matrices, nuevos moldes.
- Cambios de packaging con plazos cortos.
- Almacenamiento de stock obsoleto.
- Reimpresión obligatoria.
- Asesoramiento nutricional, legal y gráfico.
Muchos productores sienten que la carga administrativa y técnica fue mayor que el beneficio perceptible.
6. Dificultan la lectura de la marca: sí, y mucho
Desde un punto de vista estrictamente comunicacional:
- La marca pierde protagonismo.
- El consumidor tarda más en identificar productos.
- La “voz” visual de la empresa queda parcialmente silenciada.
7. ¿Son necesarios? ¿Sí o no?
La comunicación efectiva no depende solo del tamaño: depende de su claridad, coherencia visual y adecuación al contexto.
8. Hacia una regulación más inteligente
Un enfoque más equilibrado podría incluir:
- Escala proporcional al tamaño del envase.
- Versiones alternativas del sello adaptadas a composiciones complejas.
- Integración con criterios de diseño claros.
- Periodos de adaptación más largos para pymes.
- Colaboración con instituciones de diseño para generar guías visuales más eficientes.
No se trata de “sacar” los sellos, sino de hacerlos funcionar mejor, sin imponer un daño colateral innecesario a la comunicación visual.
Conclusión


